¿Nos volvimos celudependientes? 


Usaré esta imagen no para atacar un juego, ni mucho menos el uso de la tecnología y/o las redes sociales (de las cuales nos beneficiamos), pero sí para hablar de la “celudependencia”. 

En el espacio en el que está #Pikachú coloque el logo de WhatsApp, Facebook, Twitter, Instagram, Snapchat o de su videojuego preferido, y se dará cuenta que si bien los medios digitales son herramientas de comunicación y de labores profesionales, más de uno (me incluyo) hemos caído en un exceso de conexión digital desconectándonos de nuestro entorno físico. 
La postura física de la imagen muchas veces refleja la postura interior: esconder nuestra cabeza, sentimientos y vida en un mundo digital, dejando en un segundo plano la interacción social física: hablar mirando a los ojos, prestar atención a una conversación/reunión, desconectarse para disfrutar de familia y amigos. 

En fin, más que la postura corporal (que de hecho en el área de la salud ya es una enfermedad), reflexionemos en cuál es nuestra postura frente al uso adictivo de la tecnología 👌🏻📝📲

Mejor, ¡Cuéntaselo a Dios!

¡Sí! A Dios…

Todos observamos como las redes sociales se han convertido en lo que en mi época (no hace mucho) llamábamos un Diario, ese diario en el que plasmábamos nuestros sentimientos, detallábamos nuestro día, expresábamos nuestras alegrías, y sobre todo, desahogábamos nuestras tristezas, rabias y frustraciones.

En el año 2000 (no calcule mi edad), un diario era el mecanismo de desahogo y registro de las historias de los adolescentes. En el 2014, el diario son las redes sociales, no solo adolescentes, sino también de jóvenes y adultos. El problema de esto radica, en que como todos lo sabemos, en redes sociales TODOS nos leen  (familia, amigos, pareja, compañeros de trabajo, futuros empleadores, desconocidos), y hacemos de nuestra vida y problemas personales un diario público, cuando seguramente el 90% de las personas que tenemos como amigos/seguidores, poco (o nada) pueden tener interés sincero en nuestros problemas.

Si bien es cierto, la esencia de las redes sociales son la libertad de expresión, aunque en mi anterior post afirmé que Twitter ya no es un medio de libre expresión. Así como también es cierto que cada quien decide el manejo que le da a sus redes sociales personales… pero… pero… pero… ¿por qué las redes sociales han reemplazado una sincera conversación con un padre, una madre, el mejor amigo, el novio/a? ¿por qué las redes sociales se convirtieron en la fuente de búsqueda de un consejo o una palabra de ánimo?


Tal vez la respuesta a estos interrogantes son asuntos de fondo: conflictos familiares, aceptación personal, ambientes laborales, discusiones de pareja, entre otros temas que son los que llevan a la publicación de estados de ánimo en los que quizás se pretenda encontrar alguien con quien hablar o simplemente desahogarse.

No pretendo hacer las veces de psicóloga o de un juez (Dios me libre) que señale el porqué de las razones de lo que escribimos en redes sociales. Hay sentimientos que simplemente se quieren publicar así ya se haya hablado con “medio mundo”. De lo que sí estoy segura es que el primer lugar para desahogarse y/o buscar un consejo nunca será Facebook, ni Twitter (sí, puedes seguir cuentas que ayuden a “relajarse”). Si la situación conflictiva es justo con la persona en la que confías, es mejor no buscar tantas voces que no sabemos qué clase de consejos den, sabemos que estamos en una década en la que no es necesario recordar las malas amistades y cifras de suicidios. Así que mejor, ¡cuéntaselo a Dios!

Quién mejor para contar las cosas a quien creó nuestro corazón, a quien conoce las especificaciones técnicas de cómo funcionamos, a quien sabe dónde se nos desajustan los tornillos, a quien sabe en caso de daño total, cómo reparar.

No hagas toda tu vida pública en redes sociales. Mejor, ¡Cuéntaselo a Dios!